La Guerra Civil: la dimensión política e internacional del conflicto. Las consecuencias de la guerra

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La dimensión política e internacional del conflicto

Berlín y Roma se decantaron de inmediato a favor de Franco, mientras Londres, aterrado por intensos recelos anticomunistas, presiónó a París para que abandonara su tímido intervencionismo inicial en favor de la República. En este contexto, se diseño la farsa de la «No Intervención», desde el principio yugo letal para el régimen republicano. La ayuda soviética tardó en llegar. Moscú se adhirió, en el verano de 1936, a la «No Intervención» y, en su deseo por aproximarse a las democracias occidentales, hubiera preferido que fueran otros quienes ayudaran al gobierno de Madrid. No obstante, ante el escandaloso engaño diplomático y dada la inminencia aparente del fin de la República, Stalin no la dejó caer. Su ayuda, el «escudo» de la República (A. Viñas), le permitíó aguantar desde Noviembre de 1936. Para entonces, la aparente neutralidad británica no era más que pura hipocresía. Washington, distante, manténía la neutralidad. . Francia intentó, al menos, obstaculizar toda posible ayuda a Franco. Fue el Reino Unido quien apostó resueltamente por la neutralidad benévolá con Franco.  A finales de Agosto de 1936, de los 27 estados europeos todos menos Suiza  había firmado la «No Intervención». Hitler consideró que apoyar a Franco favorecía a su política exterior. Derrotar a Francia sería más fácil con una España anticomunista. En Roma también interesaba debilitar a París y ganar un aliado en el Mediterráneo occidental. Menos conocida, pero también importante, fue la ayuda portuguesa a los rebeldes. .  La dimensión internacional del conflicto español aumentaba. El 18 de Noviembre de 1936 Berlín y Roma reconocieron al gobierno de Franco y enviaron a sus embajadores a Salamanca. Casi a la par se produjo el envío de la Legión Cóndor, compuesta por unos 140 aviones en 4 escuadrillas. Parecía claro que el III Reich se mostraba decidido a elevar su apuesta. Era mucho más que una mera reacción al envío de ayuda soviética a la República. La ayuda italiana iba a ser incluso más numerosa. Mussolini creo el CTV (Corpo di Troppe Volunture) con unos 40.000 hombres. En su conjunto los italianos llegaron a reunir unos 75.000 soldados. Italia no llegaría a recuperarse del esfuerzo militar que le supuso su intensa intervención en la guerra española. La República se financió mediante sus reservas de oro y divisas. Franco, que no contaba con tal activo, mediante créditos italianos y alemanes. Dadas sus desfavorables circunstancias, con similar capital gastado, la República recibíó menos armamento, de peor calidad y muy heterogéneo. La República manejó el tesoro del Banco de España que equivalía a unos 805 millones de dólares. Se trataba de un muy estimable nivel de reservas, fruto en gran medida de las acumulaciones producidas durante la Primera Guerra Mundial.El destino del oro sería el puerto de Cartagena. La intención era canalizar la ayuda desde Francia. Pero como consecuencia de la «No Intervención» y de la decisión soviética de ayudar a la República, Moscú se ofrecíó a hacerse cargo, en depósito, de la reservas del Banco de España, a cambio de asegurar el envío de armas. Mientras todo esto ocurría, los círculos financieros occidentales ya habían mostrado su hostilidad para con la República bloqueando activos invertidos por esta en sus entidades. La ayuda soviética conocíó dificultades en el otoño de 1937.  En Inglaterra la actitud pacificadora y de concesiones a Alemania e Italia (la llamada «política de apaciguamiento») se vio fortalecida con la llegada al poder de N. Chamberlain. Ante las presiones de Londres, París volvíó a cerrar su frontera con España el 13 de Junio. 

CONSECUENCIAS

Había sido una horrenda guerra de destrucción y exterminio que dejó heridas muy duraderas en la sociedad española, nunca cicatrizadas del todo.En su conjunto, las víctimas mortales debieron situarse cerca de las seiscientas mil. Siendo la cifra terrible, acaso lo sea mucho más el volumen de victimas originadas por la guerra, pero como consecuencia de la espantosa represión ejercida por ambos bandos. Al estudiar esta cuestión, de inmediato se constata lo anteriormente apuntado: las cicatrices perduran. Muchas provincias están pendientes de investigación o tan sólo medio estudiadas, precisamente allí donde menos voluntad política ha habido para el esclarecimiento de la verdad histórica. Es decir, los cifras han crecido sensiblemente y es probable que aún se conozcan futuros reajustes al alza, aunque no sean demasiado cuantiosos. A ello hay que añadir la todavía más execrable represión franquista de postguerra. A los muertos, bien en combate, bien fruto de la atroz represión, hay que añadir la enorme población reclusa al término de la contienda, que se acercaba al medio millón de personas, desperdigados, en condiciones infrahumanas, entre cárceles y campos de concentración, La represión de postguerra, pero también el frío y las enfermedades, diezmarían con dureza a este colectivo. En paralelo a la destrucción humana se sitúa la destrucción material. El punto de convergencía de ambas se encontró, por vez primera de modo sistemático en la historia de la guerra, en los bombardeos de las poblaciones civiles. Según J.M. Solé y J. Villaroya, los bombardeos provocaron unas once mil muertes (de ellas, en torno a 2500 en Barcelona). La aviación republicana provocaría unas mil hasta la primavera de 1938 en que su capacidad ofensiva desaparecíó. A la destrucción, a los muertos y a los presos, hay que añadir una enorme masa de exiliados. Unos doscientos mil volvieron para convertirse, en su mayoría, en presos. Al exilio, largo exilio marcharían unas cuatrocientas mil personas. Conviene no olvidar también a aquellos que, permaneciendo en España, apenas intervendrían desde entonces en su vida pública.  Si gravísimas fueron las consecuencias de la guerra, no menos lo fueron las de la paz. Con el fin de la contienda no llegó la necesaria reconciliación. El régimen vencedor perseveró en el permanente recuerdo de las dos Españas, vencedora y vencida.  Las torpes decisiones adoptadas en materia socioeconómica unido al afán por perpetuar la fractura entre los españoles determinó durante años el mantenimiento de una sociedad fracturada y pauperizada. A los años de la guerra siguieron los años del hambre. España sólo recuperaría sus niveles de producción y su renta per cápita de 1936 bien entrada la década de los cincuenta. Las cartillas de racionamiento de los productos básicos acompañarían a los españoles hasta 1952. Aquellos «años del hambre» lo fueron también de injusticia social, aislamiento internacional y corrupción (alimentada por el propio régimen y por el extenso mercado negro generado por las circunstancias).

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