Insurrección de los españoles contra el Imperio napoleónico

La intención política de los diputados firmantes del manifiesto, de abolir el régimen constitucional y  volver al absolutismo del Antiguo Régimen constituye la idea principal del texto. Comienza el texto con el  paralelismo que establecen los diputados entre la anarquía que se vivía tras el fallecimiento de un rey persa  y la supuesta anarquía que supusieron los seis años de guerra contra los franceses y el experimento liberal  de las Cortes de Cádiz. De hecho esta comparación es la que dio nombre a este grupo de diputados  absolutistas, que históricamente fueron conocidos como los persas. Continúa el texto con la legitimidad que se atribuyen estos diputados como representantes de  España, pues identifican el sentir de la Nacíón con la ideología de ellos mismos, ya que consideran a las  Cortes constitucionales como un Congreso que decreta lo contrario de lo que sentimos y lo que nuestras  provincias desean. Los dos siguientes párrafos constituyen una justificación política de la monarquía absoluta. La  afirmación de que la nobleza aspira a distinciones y el pueblo a la igualdad, y que la discordia entre ellos puede llevar a consumir los gobiernos nos recuerda lo que mucho después constituirá la idea de la lucha de  clases. Y a continuación se reafirman justificando la monarquía absoluta desde el punto de vista histórico e  ideológico: la monarquía absoluta nace de la necesidad de los primeros hombres de elegir a unos jefes, a  unos reyes, es decir, se considera la monarquía absoluta el mejor sistema de gobierno que ha existido desde  el surgimiento de la historia y las primeras civilizaciones; ahora podemos entender mejor la comparación con  el Imperio persa que se ha hecho al principio. Si el soberano es absoluto y prescribe a sus súbditos lo que es  mejor para ellos, no surgirán discrepancias entre los hombres y habrá felicidad. Pero si el gobierno depende  de muchos, como establece el régimen constitucional, se sembrará la discordia y la infelicidad. El texto nos  muestra que la antigua constitución española, es decir, el Antiguo Régimen, ha sido maltratada y se le ha  hecho una injusticia. La única manera de volver a la normalidad sería, por tanto, devolver al rey toda la soberanía, todos sus poderes.  El texto termina con el deseo de que se celebren Cortes, pero las tradicionales, las antiguas, y se  termina pidiendo al rey que considere nula la Constitución de Cádiz y por no aprobada por él. Consideran  que el rey en el exilio ha sido un cautivo que nunca ha dado su aprobación para la celebración de esas  Cortes, y que por tanto, han sido ilegales. 


Tras la derrota francesa en la guerra de la Independencia, en Diciembre de 1813 Napoleón dejó libre  a Fernando VII mediante el Tratado de Valençay. Tras cruzar la frontera española por Figueras, el 22 de  Marzo de 1814, Fernando VII no siguió el camino marcado por la Regencia, y pasó por Gerona, Tarragona,  Reus, Zaragoza y Teruel, para llegar finalmente a Valencia el 16 de Abril. Regresó sin un plan político  concreto, expectante ante la situación, y aprovechó este periplo para medir sus fuerzas y su grado de apoyo  entre el pueblo, las fuerzas políticas, la Iglesia y el Ejército. En Valencia recibíó este texto, el llamado  Manifiesto de los Persas, firmado por un grupo de 69 diputados realistas presentes en las Cortes de Cádiz. De ellos 34 eran eclesiásticos, los cuales constituían aproximadamente un tercio de las Cortes ordinarias del  reino, que se habían reunido en Madrid el 1 de Octubre de 1813, después de abandonar los franceses la  capital de España al final de la guerra de la Independencia.  

Su redacción se fue fraguando durante las sesiones de Cortes de Febrero de 1814, que se ocuparon de fijar las normas que debían regular la entrada en España de Fernando VII, el viaje del rey a Madrid y la  jura de la Constitución de 1812. Estos diputados comenzaron a preparar el Golpe de Estado que culminaría el  4 de Mayo de 1814, con el Real Decreto que anulaba la Constitución. El alma de la conspiración fue el  diputado Bernardo Mozo de Rosales, que fue quien entregó el manifiesto al rey. Fernando se sintió arropado  de forma casi unánime por todos los sectores salvo el de los políticos. 


Aunque no puede considerarse una ley, es un texto formado por diez artículos, de los cuales se  exponen tres en esta selección. La idea principal es poner fin a la Guerra Civil que está sufriendo el país desde  1833, cuando, tras la muerte de Fernando VII, su hermano Carlos María Isidro no acepta la sucesión de su  sobrina Isabel II y se subleva. Las ideas secundarias aparecen en los tres artículos que se presentan, y son  distintos acuerdos que se alcanzan en este convenio. Comienza el artículo 1º con el compromiso de Espartero de recomendar al Gobierno proponer a las  Cortes la concesión o modificación de los fueros, es decir, las leyes propias de las Provincias Vascongadas y  Navarra. En las conclusiones nos centraremos en explicar cuáles fueron esos cambios. En el artículo 2º se manifiesta que los empleos, grados y condecoraciones del ejército carlista se  reconocerán a los miembros del ejército carlista que acepten la Constitución vigente de 1837, el trono de  Isabel II y la regencia de su madre María Cristina. Esto supone que los militares que lo desearan podrían  reintegrarse al Ejército nacional y los que no quisieran podrían retirarse a sus casas. Esta oferta fue sumamente conciliadora y ventajosa para los vencidos. La aparente humillación de reconocer al gobierno liberal se compensaba con la promesa de una modificación de fueros que se esperaba positiva y con la gran  ventaja de poder reintegrarse en el Ejército nacional con los mismos sueldos y grados. No hubo, ni pago de  reparaciones de guerra, ni prisioneros. El último artículo de esta relación, el cuarto, no resulta tan relevante y da detalles sobre el acuerdo  anterior: los generales y brigadieres que se retiraran podrían tener un cuartel de referencia al que  adscribirse como destino y solicitar el sueldo que les correspondiera, y el resto de jefes y oficiales podrían  igualmente solicitar retiro o una licencia temporal. Además de lo expuesto en esta selección, debemos señalar que el resto de artículos especificaban  detalles relevantes, tales como que el convenio debía ser ratificado por las divisiones carlistas de Álava y  Guipúzcoa, y que los prisioneros de ambos bandos quedarían en libertad. Además, el ejército carlista debería  entregar todas las armas, municiones y víveres que le quedaran, y asimismo, Espartero se comprometía a  solicitar ante el Gobierno y las Cortes que se atendiera a las viudas y huérfanos carlistas. 


La década absolutista de Fernando VII se caracterizó por el descontento, tanto de los liberales, como  de los absolutistas, que empezaron agruparse en torno a la figura de Carlos María Isidro, hermano del rey.  En 1830 se publicó la Pragmática Sanción por la que se abolía la Ley Sálica en España, lo que abría la puerta a  que pudieran reinar las mujeres. Después de todo un reinado esperando turno para reinar, en Octubre de  1830 nacíó una niña, Isabel, fruto del matrimonio de Fernando con su sobrina María Cristina de Borbón. Tras  la muerte de Fernando VII, en 1833, su hermano Carlos se sublevó y se proclamó rey con el nombre de  Carlos V. 

El carlismo defendía el absolutismo monárquico, los fueros, la tradición, y un catolicismo extremo. La  lenta reacción del gobierno liberal, que estaba más atento a las reformas políticas que a los preparativos  militares, hizo que en los primeros años el bando carlista se hiciera fuerte en el norte de España, y llegara a  dominar un territorio que abarcaba el País Vasco, Navarra, parte del interior de Cataluña, el Bajo Aragón y el  Maestrazgo. Los carlistas dominaban las áreas rurales, apoyados por el clero más conservador, la pequeña  nobleza y los campesinos, mientras que los liberales se hicieron fuertes en las grandes ciudades como Bilbao. 

En el asedio a Bilbao de 1835, perdieron los carlistas a su principal jefe militar, Zumalacárregui, y  partir de este momento, dos expediciones, las lideradas por el general Gómez en 1836 y la liderada por el  pretendiente D. Carlos en 1837, fracasaron en el intento de sublevar todo el territorio nacional y tomar  Madrid. Poco después empezaron las conversaciones que terminaron en este Convenio, no sin antes vencer  Maroto graves resistencias internas de ciertos generales y la propia oposición del pretendiente.


La idea principal del texto es poner término al reinado de Amadeo I, rey que fue elegido  democráticamente tras la promulgación de la Constitución de 1869. Las ideas secundarias las podemos  comentar a través del análisis del texto. 

El documento comienza haciendo referencia al carácter electivo que ha tenido su reinado, pues la  Nacíón española lo ha elegido para ocupar el trono. A continuación hace referencia a que los dos años que  lleva ejerciendo como rey han sido de constante lucha y que se ve lejos la paz. Esta frase alude a la  amalgama de partidos que están representados en las Cortes: progresistas, republicanos, tanto federales  como unionistas, conservadores, alfonsinos e incluso carlistas. Continúa Amadeo lamentándose de que los enemigos de España no son extranjeros, pues si los  fueran, él mismo ayudaría a combatirlos. No hay que olvidar que Amadeo fue un rey-soldado, con  formación militar, y participó en las guerras de unificación de Italia. Continúa expresando su desconcierto  ante tantas manifestaciones opuestas y confesando que no sabe atinar con la verdadera. Como rey  constitucional, dentro de la ley no ha encontrado la solución y manifiesta que no la va a encontrar fuera de  ella. Parece ser que la crisis que desencadenó su renuncia fue la propuesta del presidente del Consejo de  Ministros, Ruiz Zorrilla, de disolver el cuerpo de Artillería, a lo que respondieron los militares que el rey debía sustituir al presidente y gobernar de manera autoritaria. No queriendo saltarse la Constitución, firmó  el decreto pero decidíó presentar su renuncia al trono. El rey continúa explicando que devuelve la Corona a quien antes se la había dado: la Nacíón  representada en sus diputados, y hace renuncia también por sus hijos y sucesores. Finalmente manifiesta  su amor a España y el lamento de que no ha podido ayudar a conseguir para ella el bien que deseaba. 


Tras el Pacto de Ostende de 1866, se uníó la oposición al gobierno de Isabel II: progresistas,  demócratas, republicanos, y unionistas una vez fallecido O’Donnell. Estas mismas fuerzas son las que en  Septiembre de 1868 culminaron la revolución que expulsó del trono a los Borbones. Inmediatamente se  constituyó un Gobierno Provisional presidido por Serrano que convocó elecciones en Enero de 1869 y  redactó una nueva Constitución, democrática, pero que establecía de nuevo una monarquía.  

Serrano se convirtió en regente y Prim en presidente del Consejo de Ministros. Empezó la tarea de  buscar rey entre varios candidatos españoles y extranjeros. Finalmente, fue elegido rey de España el  candidato preferido de Prim, Amadeo de Saboyá, por 191 votos a favor, el 16 de Noviembre de 1870. Amadeo era el segundo hijo del rey Víctor Manuel II de Italia. Llegó a Madrid el 2 de Enero de 1871, tres  días después de fallecer Prim en atentado. Poco después, el partido progresista de Prim se dividíó en dos: el  Partido Constitucional de Sagasta y el Partido Radical de Ruiz Zorrilla. 

Amadeo tampoco contó con el apoyo del resto de fuerzas. La nobleza española era fiel a los  Borbones y ya se estaba preparando un partido Alfonsino. Los republicanos, por razones obvias, no podían  apoyar a un rey. Tampoco los carlistas, quienes consideraban a Amadeo un rey ilegítimo. La Iglesia tampoco  ayudó, pues el padre de Amadeo acababa de ocupar los Estados Pontificios y había terminado con el poder temporal del papa Pío IX. El pueblo en general, lo miraba con poco aprecio o indiferencia, dado su origen  extranjero. 

Al mismo tiempo, en 1872 había estallado la Tercera Guerra Carlista y en Cuba continuaba la  insurrección que había empezado en 1868. Estos problemas, unidos a la división política, y el deseo de  mantenerse en todo momento como monarca constitucional, fueron los que motivaron finalmente su renuncia. Ese mismo día, 11 de Febrero, las Cortes votaron por la república. 


El texto es una selección del manifiesto, no el texto completo. La idea principal es postularse Alfonso  de Borbón como futuro rey de España, lo que irá justificando a lo largo del texto en lo que podemos  considerar ideas secundarias. El texto comienza con el agradecimiento del príncipe a las felicitaciones por su reciente cumpleaños,  y expresa que los mensajes contienen el apoyo de estas personas para que regrese a España la monarquía  constitucional. Según estos mensajes, España está experimentando opresión, incertidumbre y crueles perturbaciones. El término opresión podría hacer referencia al gobierno autoritario de Serrano, y la  incertidumbre a que este no se decide a entregar el poder. Las perturbaciones pueden referirse a la guerra  carlista y la insurrección en Cuba. Utiliza un recurso, muy frecuente incluso en la actualidad, de hacerse  intérprete de la opinión pública, al reconocer que así se lo dicen la mayoría de nuestros compatriotas. Por  eso podrán estar con él todas las personas de buena fe, independientemente de sus ideas políticas. Es  evidente que el deseo es concentrar el mayor número de adhesiones. A continuación se refiere a la abdicación de su madre, Isabel II, que se produjo el 25 de Junio de  1870. Isabel hizo caso del consejo de que debía renunciar a los derechos dinásticos en su hijo el príncipe  Alfonso. Manifiesta por tanto, que solo él es el representante del derecho monárquico. Fracasada la  monarquía de Amadeo de Saboyá, entiende que no puede haber más experimentos de monarquía electiva.  También se expresa implícitamente la ilegitimidad de la rama carlista. Continúa el texto ofrecíéndose como rey porque no se ve otra alternativa, porque ha fracasado todo  lo que en 1868 existía, es decir, han fracasado tanto los principios de la revolución de 1868 como los  diferentes regíMenes políticos que han tenido lugar en el Sexenio. Considera abolida la constitución de  1845, pero también da por abolida la constitución democrática de 1869, sobre una monarquía que él  considera inexistente e ilegítima. Finalmente tranquiliza a los españoles. No será un rey que decida nada arbitrariamente, sino que  será por medio del pacto, como se vino haciendo desde las cortes medievales.


 Por eso, será fácil que se  entiendan el pueblo español y él, un príncipe libre. Por si quedara alguna duda, en el último párrafo deja  claro que será un buen español, un buen católico y un buen liberal, es decir, la mayoría de los españoles  podrían estar tranquilos con él, independientemente de sus creencias religiosas o políticas. 

El texto es el colofón al llamado Sexenio Democrático o Revolucionario. Al final del reinado de su  madre, Isabel II, la oposición se había unido porque el sistema político no daba entrada a ciertos sectores:  ni a progresistas, ni a republicanos, ni a demócratas. La revolución de 1868 trajo una constitución  monárquica y democrática, entendiendo por democracia únicamente el ejercicio político de los varones. Las Cortes, compuestas en su mayoría por progresistas, eligieron rey a Amadeo de Saboyá, pero la  desaparición de su principal líder, Prim, en atentado, dejó políticamente solo al rey y además, se produjo la  división del partido progresista, en un parlamento muy dividido, en que convivían también republicanos,  conservadores y carlistas.  La renuncia de Amadeo I en Febrero de 1873 dio paso a una república, pero las divisiones  continuaron, pues los republicanos estaban divididos en unitarios y federales, y estos en transigentes e  intransigentes. Al mismo tiempo tuvo lugar la Revolución Cantonal, la Tercera Guerra Carlista y una  insurrección en Cuba. La experiencia republicana terminó con el Golpe de Estado de Pavía en Enero de 1874  y continuó con la presidencia autoritaria de Serrano. El año 1874 fue clave, pues se puso en evidencia el  fracaso, tanto de la monarquía democrática como de la república, y se fue abriendo paso la opción de la  vuelta de los Borbones, defendida por Cánovas y encarnada en el príncipe Alfonso de Borbón. El 1 de  Diciembre se publicó este manifiesto y apenas un mes después, el 29 de Diciembre, el general Martínez  Campos proclamó rey a Alfonso XII en Sagunto.

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