Nacionalismos Periféricos y la Tercera Guerra Carlista en la España de la Restauración

El Surgimiento de los Nacionalismos Periféricos en la Restauración

En la periferia de España surgieron durante la Restauración una serie de movimientos culturales regionalistas. Estos movimientos se fueron convirtiendo en nacionalismos que exigían el derecho al autogobierno y a la autonomía. Esta formación debe comprenderse como una reacción frente a las pretensiones uniformizadoras y centralistas del sistema político y administrativo adoptado por el liberalismo, así como al intento de imponer una cultura oficial castellanizada, ignorando las demás lenguas y culturas. Además, se vieron influenciados por la corriente romántica y encontraron su apoyo en la burguesía regional, que consideraba más conveniente para sus intereses la no dependencia de Madrid.

Nacionalismo en Cataluña

En Cataluña, los orígenes del nacionalismo se sitúan en torno a los años 30, conviviendo un doble sentimiento colectivo: español y catalán. Sin embargo, la política centralizadora liberal chocó con la cultura y la lengua tradicionales de Cataluña, dando origen al movimiento de la Renaixença. Hasta el Sexenio Democrático, el catalanismo se redujo a una manifestación cultural, pero durante la Primera República, el federalismo se convirtió en la base de una opción política.

Fue con la Restauración cuando el nacionalismo catalán adquirió nuevos matices, surgiendo dos modelos alternativos de catalanidad:

  • Republicanismo federal catalán: Reclamaba la soberanía para Cataluña. Su principal defensor fue Valentí Almirall, quien fundó en 1882 el Centre Català.
  • Republicanismo de carácter conservador: Pretendía la obtención de un poder catalán como resultado de un pacto con la Corona, considerando a Cataluña como una entidad autónoma dentro de España.

Este sector conservador se impuso en los años 90 con la publicación de las Bases de Manresa en 1892. Ellos se aliaron con los defensores del catalanismo, dando lugar en 1901 a la aparición de la conservadora Lliga Regionalista. Este partido se consolidaría aglutinando en su seno no solo a gran parte de la burguesía, sino también al campesinado, bajo la dirección de Prat de la Riba y Cambó.

Nacionalismo en el País Vasco

En el País Vasco surgió un nacionalismo más radical. Su punto de partida fue la reivindicación de los fueros vascos, abolidos en 1876 tras la Tercera Guerra Carlista, y la independencia. Como reacción, se fortaleció una corriente de defensores de la lengua y la cultura vasca. Sabino Arana, recogiendo la tradición foralista euskera, formuló los principios originarios del nacionalismo vasco y fundó el Partido Nacionalista Vasco (PNV) en 1895, cuyo programa político recoge las ideas sabinianas.

Regionalismo en Galicia

La sociedad gallega, a diferencia de la catalana o la vasca, seguía siendo eminentemente rural, con una burguesía débil frente a una clase dominante compuesta básicamente por una vieja hidalguía y por la Iglesia. El regionalismo fue más débil y tardío, iniciándose con una corriente denominada O Rexurdimento, que significa el redescubrimiento literario de la lengua y la cultura gallegas.

La Tercera Guerra Carlista (1872-1876) y sus Consecuencias

La Tercera Guerra Carlista (1872-1876) se desencadenó en 1872 en el País Vasco, Navarra y Cataluña con el levantamiento en armas de los partidarios de Carlos VII. Se convirtió en un foco de permanentes problemas e inestabilidad hasta que fueron vencidos en Oroquieta y se firmó el Convenio de Amorebieta. No obstante, la guerra no concluyó hasta 1876 con la abolición definitiva de los fueros vascos.

Los principales escenarios de la guerra fueron el medio rural de las Vascongadas, Navarra y Cataluña, teniendo menor incidencia en Aragón, Valencia y Castilla. El conflicto, iniciado en 1872 durante el reinado de Amadeo de Saboya, finalizó por varios motivos:

  • El desgaste militar de las tropas carlistas.
  • El final del Sexenio Democrático, que llevó a muchos carlistas a ponerse del lado del bando gubernamental.
  • La mayor capacidad militar de las fuerzas del gobierno, con campañas fundamentales como la del Maestrazgo, la toma de Cataluña y el control del Norte.

El general Martínez Campos puso fin a la Tercera Guerra Carlista, que concluyó en febrero de 1876 tras las batallas de Montejurra y Estella, con la derrota del pretendiente Carlos VII, a quien se le prohibió explícitamente la estancia en España. Gran parte de los carlistas de Cataluña, Navarra y País Vasco partieron al exilio con dirección a Francia. No obstante, la mayoría regresó a la península acogiéndose a la posibilidad de indulto decretado por el gobierno y tras haber aceptado, como el general Cabrera, a Alfonso XII como rey.

La Reorganización del Carlismo

En consecuencia, el carlismo desapareció como amenaza militar. La derrota no supuso su desaparición como opción política, pero sí provocó una crisis que no superó hasta la década de los noventa. Se pueden distinguir dos etapas durante este periodo:

Primera etapa (hasta 1888)

Esta fase estuvo caracterizada por las divisiones internas y el exilio. La renovación corrió a cargo de Juan Vázquez de Mella, quien en 1886 propuso el Acta de Loredan. En ella se mantenía la vigencia de antiguos principios como la unidad católica, el fuerismo, la autoridad del pretendiente carlista y la oposición a la democracia, pero ya no se manifestaba a favor del Antiguo Régimen y aceptaba el nuevo orden liberal-capitalista.

Segunda etapa (a partir de 1888-1890)

En esta época triunfaron los neocatólicos a través del Partido Unión Católica, apoyado por la jerarquía eclesiástica. Participaban en la vida política obteniendo escaños y crearon una fuerza paramilitar para luchar contra el republicanismo y el anarquismo: el Requeté.

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