Centralización institucional y reformas del emirato cordobés
La centralización y jerarquización se manifiesta en una estructura estatal cuya cabeza es el Diwan, en el que participan los elementos más relevantes del gobierno presidido por el emir. Destaca también la aparición de la figura del visir, quien, como delegado del príncipe, preside en su nombre el Diwan.
Se reforma también la administración local, surgiendo dos nuevas magistraturas ciudadanas dependientes del emir: el Sahib al‑Madina (señor de la ciudad) y el Sahib al‑Shurta (jefe de policía), ambos nombrados directamente por el emir.
Otra de las reformas va destinada a perfeccionar y profesionalizar el ejército, que se divide en tres cuerpos principales:
- Ejército regular: compuesto por soldados procedentes del reclutamiento general, por los chunds, jinetes sirios y por mercenarios.
- Guardia personal del emir: formada por esclavos o mamelucos (los “silenciosos”), mayoritariamente eunucos.
- Marina cordobesa: flota presto a defender las costas de los ataques normandos.
Todas estas reformas supusieron el preámbulo y la base de la posterior administración califal. El emirato cordobés se caracterizó también por sus exitosas empresas militares para defenderse de francos y astures. Logró además rechazar sendas invasiones normandas que afectaron a Lisboa y Sevilla, ésta a través del Guadalquivir.
Destacan igualmente la ocupación de las Baleares y las relaciones diplomáticas establecidas y desarrolladas con Bizancio y con los reinos musulmanes norteafricanos. El problema más grave lo tuvo continuamente en las marcas: al‑Hakam I logró pacificarlas, pero al poco tiempo se reanudaron las tensiones y volvieron a levantarse contra el poder central. De las tres marcas andalusíes, destaca la revuelta en Toledo capitaneada por Hashim el Herrero en el año 829, que se prolongó a lo largo de ocho o nueve años.
La obra de Abd al‑Rahman III (912–961) y la proclamación del Califato de Córdoba
El periodo de gobierno de Abd al‑Rahman III puede dividirse en dos fases: la anterior y la posterior a su autoproclamación como Califa. La primera se caracterizó por su esfuerzo para restablecer el poder cordobés tras el fin de la primera fitna y por el comienzo de la expansión por el norte de África tras lograr la pacificación interna del Estado.
El emirato de Abd al‑Rahman III se inició con la campaña de Monteleón de 913, con la que puso fin a la rebelión estallada en la Andalucía Oriental y recuperó la autoridad en esa zona. Entre 913 y 914 logró controlar Sevilla y otros poderes locales sublevados. Contra el hijo de Ben Hafsún lanzó una serie de campañas hasta derrotarle finalmente y ocupar la fortaleza de Bobastro, culminando así la pacificación interna.
Alternó esta política interna con ataques contra los cristianos, destacando en este aspecto su victoria en la batalla de Valdejunquera de 920 frente a una coalición de navarros y asturianos. Logró igualmente reducir al clan de los Banu Qasi, nuevamente activos, cuyos miembros fueron trasladados a Córdoba. Así pues, Abd al‑Rahman III consolidó su poder en la península y controló las fronteras, mientras que en el exterior se produjo la expansión por el norte de África tomando Melilla (927), Ceuta (931) y Tánger (951).
El interés por estos enclaves africanos obedecía fundamentalmente a dos razones: contener a los fatimíes, temiendo su salto a Al‑Andalus, y controlar las rutas comerciales que llevaban el oro del Sudán hacia el norte. La segunda fase del gobierno de Abd al‑Rahman III estuvo marcada por su autoproclamación como Califa en 929, aunando así en su persona el poder político y el religioso.
La proclamación se produjo un año después de la definitiva represión de la rebelión de Ben Hafsún —que el hijo de éste había continuado— y tras someter a la mayoría de los rebeldes de los distintos conflictos que la fitna había suscitado. Se declaró Califa aprovechando la crisis por la que atravesaba el mundo islámico: un imperio abasí que se desintegraba en multitud de estados independientes, entre ellos el fatimí, cuyos líderes, basándose en una supuesta descendencia de Fátima (hija de Mahoma), igualmente se consideraban califas.
Cuando Abd al‑Rahman III se proclamó Califa no actuó directamente contra los abasíes, demasiado distantes geográficamente, pero sí lo hizo contra los fatimíes, cuyo poder podía hacer peligrar la independencia de Al‑Andalus. Esta razón explica la política militar en el norte de África; la expansión no fue más allá de las conquistas citadas. La presión del norte peninsular ya era importante y no convenía abrir nuevos frentes.
En esta época se acentuó la frecuencia de las aceifas contra los cristianos, pero, además de las victorias, el nuevo Califa sufrió también importantes derrotas frente a estos. Ramiro II le venció en Madrid en 932 y en Osma un año después. En 939, Abd al‑Rahman III sufrió su mayor descalabro a manos de los reinos cristianos cuando sus tropas fueron derrotadas en la batalla de Simancas, debido esencialmente a la deserción de la nobleza árabe; el propio califa estuvo a punto de perder la vida, circunstancia que le hizo no volver a dirigir en persona ninguna otra batalla.
Esta derrota permitió al bando cristiano mantener la iniciativa en la península hasta la muerte de Ramiro II en 951 y la derrota que sufriría su sucesor Ordoño III de León en 956. Se inició entonces un periodo de crisis en el mundo cristiano del norte que frenó su expansión militar y permitió al califa emprender una política de intervención en las luchas internas cristianas. A cambio de paz, los reinos cristianos tuvieron que pagar a Córdoba una serie de tributos, las conocidas parias.
Abd al‑Rahman III no sólo hizo de Córdoba el centro neurálgico de un nuevo imperio musulmán en Occidente, sino que la convirtió en la principal ciudad de Europa Occidental, rivalizando a lo largo de un siglo con Bagdad y Constantinopla —las capitales del califato abasí y del Imperio Romano de Oriente, respectivamente— en poder, prestigio, esplendor y cultura.
Según fuentes árabes, bajo su gobierno la ciudad alcanzó el millón de habitantes, que disponían de mil seiscientas mezquitas, trescientas mil viviendas, ochenta mil tiendas e innumerables baños públicos. El califa omeya fue también un gran impulsor de la cultura: dotó a Córdoba con cerca de setenta bibliotecas, fundó una universidad, una escuela de medicina y otra de traductores del griego y del hebreo al árabe. Hizo ampliar la Mezquita de Córdoba, reconstruyendo el alminar, y ordenó construir la extraordinaria ciudad palatina de Madinat al‑Zahra (o Medina Azahara), de la que hizo su residencia hasta su muerte.