Al-Ándalus
La presencia musulmana en la Península comenzó en 711, tras la derrota del rey visigodo Rodrigo en Guadalete. En tres años, la conquista se realizó mediante pactos y capitulaciones, apareciendo una nueva provincia islámica: al-Ándalus.
En 756, Abderramán I proclamó el emirato independiente de Córdoba, aunque continuaron las luchas internas. En 929, Abderramán III instauró el Califato de Córdoba, etapa de máximo esplendor político, económico y cultural. Tras su declive, y después del gobierno de Almanzor, el califato desapareció en 1031, dando lugar a los primeros reinos de taifas.
La debilidad de las taifas facilitó el avance cristiano, lo que provocó la intervención de los almorávides y, más tarde, de los almohades. Tras la derrota musulmana en Las Navas de Tolosa (1212), al-Ándalus quedó reducido a pequeños reinos, destacando el reino nazarí de Granada, que sobrevivió hasta 1492, cuando fue conquistado por los Reyes Católicos.
Al-Ándalus: economía, sociedad y cultura. El legado judío
Al-Ándalus desarrolló una gran economía urbana y comercial, basada en una agricultura de regadío con nuevos cultivos (arroz, cítricos), una artesanía especializada y un intenso comercio interior y exterior. Córdoba fue una de las mayores ciudades de Europa.
La sociedad andalusí era muy variada. La población musulmana se dividía en baladíes, bereberes y muladíes, mientras que los no musulmanes eran mozárabes y judíos. El poder político estaba en manos de una aristocracia (la jassa). El territorio se dividía en coras y marcas fronterizas.
Culturalmente, en al-Ándalus hubo una importante transmisión de la cultura oriental a Europa. Destacaron figuras como Averroes o Azarquiel, y monumentos como la Mezquita de Córdoba o la Alhambra de Granada. La comunidad judía vivió un gran florecimiento cultural entre los siglos X y XII, con figuras como Maimónides, contribuyendo decisivamente a la filosofía y la ciencia medieval europea.
Los reinos cristianos: evolución de la península y organización política
Tras la caída del reino visigodo, surgieron núcleos cristianos de resistencia en el norte, destacando el Reino de Asturias, iniciado con Pelayo en Covadonga (722), y el núcleo pirenaico. Con el tiempo, se formaron los reinos de Castilla, León, Navarra, Aragón y Cataluña.
La Reconquista avanzó de forma irregular, acelerándose tras la crisis del califato y la división en los reinos de taifas. La conquista de Toledo (1085) y la victoria cristiana en Las Navas de Tolosa (1212) abrieron el camino hacia el sur. El proceso culminó en 1492 con la conquista de Granada.
Políticamente, los reinos cristianos eran monarquías feudales, donde el poder del rey estaba limitado por la nobleza, la Iglesia, los fueros municipales y las Cortes, que surgieron a finales del siglo XII como asambleas estamentales.
Modelos de repoblación. Organización estamental en los reinos cristianos medievales
La repoblación fue el proceso de ocupación de las tierras conquistadas. Se desarrollaron distintos modelos según la zona y el momento:
- Presura: ocupación de la tierra por los campesinos libres.
- Concejos con fueros: organización municipal mediante fueros y privilegios.
- Repartimientos: latifundios dados por la Corona a nobles y órdenes militares.
La sociedad medieval cristiana se organizó en estamentos: nobleza, clero y pueblo llano/campesinado, con privilegios jurídicos para la nobleza y el clero. Era una sociedad cerrada, determinada por nacimiento, lo que provocaba una escasa movilidad social. Las tensiones sociales provocaron revueltas campesinas, como las de los payeses de remensa en Cataluña o las irmandiñas en Galicia. El fortalecimiento de la nobleza debilitó la autoridad del rey.
La Baja Edad Media en Castilla, Aragón y Navarra
En los siglos XIV y XV, los reinos peninsulares tenían una estructura política basada en monarquía, Cortes y municipios, aunque cada reino tenía sus propias características.
En Castilla, la monarquía se fortaleció mediante una administración central compuesta por el Consejo Real, la Audiencia, la Hacienda y la Corte.
La Corona de Aragón era la unión de varios reinos con instituciones propias (Cataluña, Valencia, Mallorca y Aragón), donde predominó el pactismo, que limitaba el poder del monarca y obligaba a respetar los fueros y privilegios de cada territorio.
Navarra mantuvo su condición de reino y sus instituciones propias tras su incorporación a Castilla en 1515, conservando sus leyes y órganos propios.