1. La monarquía visigoda
El Imperio Romano fue invadido en el siglo V d. C. por los pueblos bárbaros. Los visigodos llegaron a Hispania como federados del Imperio en dicho siglo para expulsar a suevos, vándalos y alanos, tras fundar el reino de Tolosa en el sur de la Galia. En 507, al ser derrotados por los francos en la batalla de Vouillé, se establecen definitivamente en la Península fundando el reino visigodo de Toledo, donde permanecerán hasta la llegada de los musulmanes en 711.
Entre los siglos VI y VII llevaron a cabo una importante tarea de homogeneización:
- Leovigildo alcanzó la unificación territorial al derrotar a suevos y bizantinos (s. VI).
- Recaredo logró la unificación religiosa con su conversión del arrianismo al catolicismo (589), consiguiendo el apoyo de la Iglesia.
- Recesvinto impulsó la unificación jurídica con el Liber Iudiciorum (s. VII).
Se trataba de una monarquía electiva que dependía del apoyo de la aristocracia y los obispos, lo que evidenciaba su debilidad; siendo frecuentes las disputas entre los nobles por el control del trono. De hecho, una de ellas, entre los seguidores de Witiza y Rodrigo, desencadenó su caída en 711 cuando los musulmanes vencieron a este último en la batalla de Guadalete.
Para gobernar, el rey se apoyaba en el Aula Regia (miembros de la alta nobleza que le asesoraban) y los Concilios de Toledo, que eran asambleas presididas por el monarca y formadas por altos cargos de la nobleza y la Iglesia que tomaban las decisiones políticas y religiosas más importantes.
2. Al-Ándalus: economía, sociedad y cultura
Economía
Los musulmanes aportaron grandes innovaciones a la agricultura: nuevas técnicas de regadío (norias y acequias) y nuevos cultivos (cítricos, arroz, algodón…) y dieron un importante impulso a la ganadería ovina y equina en detrimento del cerdo, por motivos religiosos. Impulsaron la vida urbana (Córdoba, Toledo…) donde florecieron las actividades artesanales (tejidos, vidrio, sedas, cerámica, armas…) y el comercio interior (en los zocos urbanos) y exterior (controlando la llegada a Europa de productos del norte de África y Oriente), mediante tres monedas: dinar, dírham y felús.
Sociedad
La estructura social era muy compleja:
- Musulmanes: Existía una minoría aristocrática árabe que controlaba la riqueza y los cargos políticos y militares. El grueso de la población (funcionarios, artesanos, campesinos, comerciantes…) estaba constituido por musulmanes no árabes: bereberes (procedentes del norte de África, a los que asignaron las peores tierras) y muladíes (cristianos convertidos al islam).
- No musulmanes: Los mozárabes (cristianos en territorio musulmán) y judíos; vivían en las ciudades y ambos pagaban más impuestos a cambio de mantener su religión.
- Esclavos: Principalmente prisioneros de guerra.
Cultura
Impulsada por los califas, era muy superior a la cristiana, actuando de puente entre la cultura musulmana de Oriente y la cristiana de Europa occidental. Destacaron en el desarrollo de las ciencias (astronomía, medicina y matemáticas como el álgebra), la filosofía (Averroes) y la poesía (Ibn Hazm). Con la lengua oficial (árabe) convivieron varias lenguas (romance, latín, bereber, hebreo y la aljamía —mezcla de las anteriores—). Su arte es una simbiosis del arte romano, visigodo y bizantino, destacando la Mezquita de Córdoba y la Alhambra de Granada.
El legado judío en la península ibérica
Se constata presencia judía en España desde la época romana. Los judíos se dedicaron a actividades como el préstamo de dinero y el tráfico de esclavos, alcanzando gran influencia y riqueza económica. Ocupaban las llamadas juderías en la ciudad: barrios de calles estrechas con la sinagoga como centro principal. Fueron perseguidos en ocasiones en los pogromos, cuando se les acusaba de estar detrás de los males que afectaban a la sociedad: epidemias, malas cosechas o desgracias. Serán expulsados finalmente por los Reyes Católicos en 1492 con la excusa de la Inquisición sobre las falsas conversiones al cristianismo.
3. La Guerra de Sucesión, la Paz de Utrecht y los Pactos de Familia
Luis XIV impuso a su nieto Felipe de Anjou como sucesor en el trono en el testamento de Carlos II. Sin embargo, Inglaterra, Provincias Unidas, Portugal, Saboya y el Sacro Imperio se unieron en la Gran Alianza de La Haya para imponer como candidato al Archiduque Carlos de Habsburgo.
En 1711 murió José, hermano del archiduque, por lo que este pasaba a ser el heredero al trono del Imperio. Por ello, la alianza se deshizo y Felipe de Anjou, Felipe V, quedó como rey de España con la condición de no poder optar al trono de Francia. Todo ello se establece en los tratados de Utrecht y Rastadt (1713 y 1714), que supusieron grandes pérdidas territoriales para España: los territorios europeos extrapeninsulares quedaron para Austria, mientras que Gibraltar y Menorca pasaron a Inglaterra. También supuso la concesión a Inglaterra de beneficios comerciales como el Navío de Permiso y el Asiento de Negros.
Los Pactos de Familia fueron los acuerdos llevados a cabo por los Borbones franceses y españoles. No se les permitía unificar sus territorios, pero sí actuar de manera conjunta para favorecer a su dinastía. Se dieron tres pactos principales:
- Primer y Segundo Pacto (1733 y 1743): Motivados por el deseo de España de recuperar influencia en Italia y evitar represalias de Austria.
- Tercer Pacto (1762): Motivado por la Guerra de los Siete Años, para evitar una derrota total de Francia y proteger las posesiones americanas.
- Tratado de San Ildefonso (1796): Considerado por algunos historiadores como un cuarto pacto, al ser una alianza con la Francia revolucionaria contra Inglaterra.
4. El fusilamiento de Torrijos
En esta obra pictórica de Antonio Gisbert, en primer plano yacen los cuerpos sin vida de varios de los ajusticiados, un recurso que conecta con la tradición de Goya y de pintores franceses como Géricault, situando al espectador dentro de la tragedia. Destacan detalles sobrecogedores como una mano desmembrada sobre la arena o una chistera, que acentúan el realismo y la crudeza del momento.
En el centro se alza el grupo de los condenados que aún esperan su turno. Están de pie, firmes y serenos, formando una barrera humana llena de dignidad. Sus miradas son variadas (introspectiva, desafiante, resignada, piadosa), pero en ninguna de ellas hay rastro de cobardía. Al fondo, relegado y casi desdibujado, se encuentra el pelotón de fusilamiento, un ente anónimo que ejecuta la orden injusta. De esta manera, Gisbert enfoca toda la atención en la grandeza moral de las víctimas. La paleta de colores es sobria, con tonos terrosos, grises y azules que reflejan la frialdad del amanecer en la playa.
Personajes destacados en el lienzo
Gisbert se documentó exhaustivamente para dotar de veracidad a los rostros. Entre los personajes identificados destacan:
- General José María Torrijos (1791-1831): Ocupa el vértice central de la composición. Su rostro serio y sereno refleja la grandeza de ánimo de quien se sabe mártir de una causa justa. Es el eje moral del cuadro.
- Manuel Flores Calderón: A la derecha de Torrijos, vestido con una clara levita. Fue un destacado político liberal y presidente de las Cortes.
- Francisco Fernández Golfín: A la izquierda de Torrijos, el anciano exministro de la Guerra al que un fraile venda los ojos.
- Robert Boyd: Oficial británico e idealista que se unió a la causa liberal, subrayando la proyección internacional del movimiento.
- Otros personajes: Se aprecia la despedida de dos camaradas en un abrazo y los frailes franciscanos asistiendo espiritualmente a los reos.
En definitiva, El fusilamiento de Torrijos no es solo la representación de un hecho histórico, sino un icono perdurable de la lucha por la libertad, una obra que merece figurar junto a hitos como La rendición de Breda, los fusilamientos de Goya o el Guernica de Picasso.
5. El Manifiesto de Manzanares y el reinado efectivo de Isabel II
El Manifiesto de Manzanares es un documento fundamental para entender la evolución del reinado efectivo de Isabel II, ya que actuó como detonante de un cambio de rumbo político. Redactado por Antonio Cánovas del Castillo y firmado por el general Leopoldo O’Donnell el 7 de julio de 1854, fue la herramienta que transformó un pronunciamiento militar fallido (la Vicalvarada) en una auténtica revolución que obligó a la reina a aceptar un gobierno progresista, inaugurando el Bienio Progresista (1854-1856).
Para comprender su impacto, hay que situarse en la España de 1854. Isabel II llevaba diez años de reinado bajo la influencia del Partido Moderado (Década Moderada, 1844-1854). Este periodo se caracterizaba por un liberalismo conservador y oligárquico, reflejado en la Constitución de 1845, con soberanía compartida, sufragio censitario restringido y la supresión de la Milicia Nacional. El gobierno del Conde de San Luis, marcado por la corrupción y la autoritaria «camarilla», generó malestar en progresistas y moderados «puritanos».
La principal consecuencia fue que, por primera vez en una década, la reina se vio forzada a entregar el poder a los progresistas. Durante el Bienio Progresista se intentaron reformas clave:
- Elaboración de una nueva Constitución (la «non nata» de 1856).
- Restablecimiento de la Milicia Nacional.
- Aprobación de la Desamortización de Madoz (1855), que afectó a bienes de la Iglesia, el Estado y los municipios.
En resumen, el Manifiesto de Manzanares evidencia la debilidad de la Corona en el sistema político isabelino. La reina se vio obligada por la presión militar y popular a cambiar drásticamente de gobierno. El Bienio fue corto y la inestabilidad continuaría hasta su derrocamiento en 1868, demostrando que el reinado de Isabel II estaba sujeto a los pronunciamientos militares y a la voluntad de las facciones liberales.