Transición Neolítica, Romanización y Patrimonio Prehistórico en la Península Ibérica

Diferencias entre las sociedades cazadoras-recolectoras y las sociedades productoras de alimentos

La evolución de las sociedades humanas estuvo marcada por importantes transformaciones económicas, sociales y culturales. Una de las más decisivas fue el paso de las sociedades cazadoras-recolectoras a las sociedades productoras de alimentos, un cambio que no solo modificó la obtención de recursos, sino que sentó las bases de la civilización actual.

Sociedades cazadoras-recolectoras

Las sociedades cazadoras-recolectoras fueron las primeras formas de organización humana y se desarrollaron durante el Paleolítico, desde hace unos 1,2 millones de años hasta aproximadamente el 5.000 a. C. Su subsistencia se basaba en la caza, la pesca y la recolección de productos naturales, sin acumular excedentes, ya que consumían lo obtenido diariamente.

  • Movilidad: una característica fundamental era su movilidad, ya que dependían de los recursos disponibles en el entorno; por ello, sus asentamientos eran temporales y utilizaban herramientas ligeras y transportables.
  • Tamaño y organización social: vivían en pequeños grupos de entre 20 y 40 personas, con una organización social igualitaria y sin jerarquías definidas.
  • Cultura y tecnología: desarrollaron las primeras manifestaciones artísticas, como las pinturas rupestres, y emplearon herramientas de piedra tallada.
  • Relación con la naturaleza: su relación con el entorno era directa, ya que dependían totalmente de él.

Transición a sociedades productoras de alimentos

El paso a las sociedades productoras de alimentos tuvo lugar durante el Neolítico, a partir del 5.000 a. C., en la llamada Revolución Neolítica. Este proceso se basó en el desarrollo de la agricultura y la ganadería, permitiendo producir alimentos en lugar de depender solo de los recursos naturales.

  • Sedentarismo: este nuevo sistema económico provocó el sedentarismo, ya que las comunidades se establecieron en lugares fijos, dando lugar a los primeros poblados estables.
  • Infraestructura: facilitó la construcción de viviendas duraderas, el almacenamiento de alimentos y el aumento de la población.
  • División del trabajo y estratificación: la aparición de excedentes alimentarios favoreció la división del trabajo y una creciente estratificación social; surgieron nuevas profesiones y las primeras formas de poder político y religioso, así como la propiedad privada y las desigualdades sociales.
  • Innovaciones culturales: se desarrollaron nuevas técnicas como la cerámica, los tejidos y las herramientas pulidas; se levantaron monumentos megalíticos y se consolidaron creencias religiosas más complejas, relacionadas con la fertilidad y los ciclos agrícolas.

Consecuencias generales

La diferencia esencial entre ambos modelos se encuentra en la obtención de recursos: mientras las sociedades cazadoras-recolectoras dependían del entorno y vivían al día, las productoras de alimentos controlaban la producción y podían planificar a largo plazo.

Este cambio tuvo consecuencias decisivas: permitió el crecimiento de la población, dio origen a las primeras aldeas, ciudades y civilizaciones, y sentó las bases de la economía, la política y la cultura actuales.

En la Península Ibérica, este proceso se desarrolló de forma progresiva, comenzando en el sureste y extendiéndose posteriormente al resto del territorio, dando lugar a culturas como Los Millares o El Argar, con una organización social compleja.

El paso de las sociedades cazadoras-recolectoras a las productoras de alimentos fue uno de los hitos más importantes de la historia de la humanidad, ya que transformó profundamente la economía, la sociedad y la cultura, permitiendo el desarrollo de las civilizaciones.

La romanización en la Península Ibérica: concepto y mecanismos

La romanización fue uno de los procesos históricos más importantes de la Península Ibérica, ya que supuso la integración de los pueblos prerromanos en la cultura, las instituciones y las formas de vida del Imperio romano, dejando una huella duradera en la lengua, el derecho, la religión y el urbanismo.

La romanización puede definirse como un proceso de asimilación cultural, política, económica y social de los pueblos indígenas de Hispania a los modelos romanos. No fue uniforme ni inmediato, sino progresivo, desarrollándose desde la conquista romana en 218 a. C. hasta la caída del Imperio en el siglo V d. C. Aunque fue impuesto por Roma, contó con la colaboración de las élites locales, que vieron en la integración una forma de mantener o aumentar su poder.

Mecanismos de romanización

  • El ejército: fue un instrumento fundamental, ya que además de conquistar el territorio integró a muchos indígenas que, tras servir como soldados, obtenían la ciudadanía romana. Los campamentos militares actuaron como focos de romanización y dieron origen a ciudades como Legio o Asturica Augusta.
  • La ciudad: fue el principal motor del proceso. En ellas se organizaba la vida política, económica y social; se construyeron foros, teatros, termas, acueductos y templos que difundían los valores romanos. Destacan ciudades como Tarraco, Emérita Augusta o Hispalis.
  • Red de comunicaciones: las calzadas romanas conectaron las principales ciudades, facilitaron el comercio, el control militar y la difusión cultural, y favorecieron la cohesión territorial.
  • Economía: la integración en el sistema romano transformó la economía peninsular: se introdujeron nuevas técnicas agrícolas, se impulsó el comercio y se explotaron los recursos mineros. La villa romana, basada en el trabajo esclavo, se convirtió en el modelo económico dominante.
  • Lengua, derecho y religión: el latín se impuso como lengua común y se convirtió en el vehículo de la cultura romana, dando origen a las lenguas romances. El derecho romano reguló la vida pública y privada y facilitó la integración. En el ámbito religioso, aunque se respetaron inicialmente las creencias locales, se difundieron el culto al emperador y a los dioses romanos; desde el siglo III el cristianismo se extendió por Hispania, siendo legalizado en 313 y declarado religión oficial en 380.

En conclusión, la romanización fue un proceso largo y complejo que transformó profundamente la Península Ibérica, integrándola en el mundo romano y dejando una herencia fundamental en la lengua, la cultura, la organización política y el modelo económico de España.

Las migraciones indoeuropeas en la Península Ibérica: influencias y transformaciones en la Prehistoria

Durante la Prehistoria, la Península Ibérica recibió diversas influencias culturales y movimientos de población. Entre ellos, las migraciones indoeuropeas fueron especialmente relevantes, ya que, aunque no fueron tan tempranas ni masivas como en otras zonas de Europa, influyeron de forma decisiva en las culturas del Bronce Final y la Edad del Hierro. En este proceso, la Cultura de los Campos de Urnas supuso un punto de inflexión al introducir elementos culturales y lingüísticos indoeuropeos en el noroeste peninsular.

Antes de la llegada de estos pueblos, la península estaba habitada por comunidades preindoeuropeas que desarrollaron culturas como la del Vaso Campaniforme y el Bronce Atlántico, caracterizadas por una fuerte identidad local, una economía agroganadera, el rito de la inhumación y amplias redes comerciales con el Mediterráneo y la Europa atlántica.

A partir del siglo XIII a. C. aparecen en el noroeste peninsular evidencias de la Cultura de los Campos de Urnas, procedente de Europa Central. Esta cultura indoeuropea introdujo el rito de la incineración y el depósito de las cenizas en urnas cerámicas, lo que supuso un cambio profundo en las prácticas funerarias locales.

Junto a este cambio ritual, se incorporaron nuevas formas de organización social, armamento como las espadas de antenas, cerámica decorada y estructuras defensivas que anticipan los castros de la Edad del Hierro. Todo ello indica no solo una influencia cultural, sino también la llegada de nuevos grupos humanos, probablemente de origen celta.

Los pueblos establecidos en la península como resultado de estas migraciones son conocidos como proto-celtas o celtas occidentales. Entre ellos destacan lusitanos, vetones, vacceos, galaicos y astures, con rasgos culturales y lingüísticos indoeuropeos. Se asentaron principalmente en la mitad occidental y septentrional, mientras que el este y el sur mantuvieron influencias mediterráneas, como las de íberos y tartesios.

En conclusión, las migraciones indoeuropeas, aunque tardías y localizadas, fueron fundamentales en la configuración de las culturas prerromanas del noroeste peninsular. La Cultura de los Campos de Urnas fue el principal vehículo de esta influencia, marcando una nueva etapa en la Prehistoria y dejando un legado presente en las lenguas, creencias y estructuras sociales de los pueblos celtas hasta la romanización.

La Hispania romana: organización, economía y romanización

La conquista e integración de la Península Ibérica en el Imperio romano supuso un cambio decisivo en la historia de Hispania. Desde 218 a. C., con el desembarco romano en Ampurias durante la Segunda Guerra Púnica, hasta la crisis del poder imperial en el siglo V d. C., Roma transformó profundamente el territorio, la economía, la cultura y la organización política.

Organización territorial y urbanización

En cuanto a la organización territorial y urbana, Roma dividió Hispania en varias provincias, como la Tarraconense, la Bética y la Lusitania, cada una con su capital y una red de ciudades que actuaban como centros de poder, comercio y cultura. Muchas de estas ciudades fueron fundadas ex novo, como Emérita Augusta o Caesaraugusta, y contaban con infraestructuras romanas como foros, termas, teatros, acueductos y templos. La urbanización fue un instrumento clave para afianzar el dominio romano y difundir su modo de vida.

Economía

La economía de la Hispania romana fue diversa y estuvo plenamente integrada en el sistema imperial. La minería destacó especialmente en el noroeste, con la explotación de oro, plata y otros metales. La agricultura tuvo también un papel fundamental, con grandes latifundios en el valle del Guadalquivir y otras zonas fértiles, dedicados al cultivo de cereales, la vid y el olivo. A ello se sumaban la pesca y las salinas en las zonas costeras, orientadas tanto al consumo interno como a la exportación.

Comunicaciones y romanización

Uno de los grandes logros de Roma fue la creación de una extensa red de comunicaciones. Las calzadas conectaban las principales ciudades y centros productivos, facilitando el comercio y el movimiento de tropas, y actuaban como un eficaz medio de romanización al permitir la difusión de personas, ideas y costumbres. La red viaria hispana fue una de las más desarrolladas del Imperio.

La romanización fue un proceso profundo y duradero que transformó la identidad de los pueblos hispanos mediante la difusión del latín, el derecho romano, la religión, la arquitectura y las costumbres. La concesión progresiva de la ciudadanía romana culminó con el Edicto de Caracalla en 212 d. C., que otorgó la ciudadanía a todos los hombres libres del Imperio, dejando una huella duradera en la cultura, la lengua y las instituciones peninsulares.

En conclusión, la Hispania romana fue una región próspera y estratégica del Imperio, integrada gracias a una eficaz organización territorial, una economía diversificada, una red de comunicaciones avanzada y un proceso de romanización que marcó su identidad durante siglos. El legado romano perdura en monumentos, en el idioma y en muchas estructuras sociales y jurídicas actuales.

Patrimonio cultural de la Prehistoria

La Prehistoria dejó en la Península Ibérica y las Islas Baleares un patrimonio cultural muy rico y diverso. A través de manifestaciones como el arte rupestre, el arte mueble, el arte levantino y el megalitismo, se refleja la evolución del pensamiento simbólico, la organización social y la relación espiritual del ser humano con su entorno. Estos restos, que abarcan desde el Paleolítico hasta la Edad del Bronce, constituyen una herencia común que debe ser protegida y valorada.

Arte rupestre y arte mueble

Durante el Paleolítico Superior, los grupos cazadores-recolectores del norte peninsular desarrollaron un arte rupestre de gran calidad técnica y simbólica. Cuevas como Altamira, El Castillo, La Pasiega o Tito Bustillo conservan representaciones de animales, signos abstractos y manos humanas, realizadas con pigmentos naturales en zonas profundas de las cavidades, lo que indica un posible carácter ritual o espiritual. Este arte es una de las primeras manifestaciones simbólicas de la humanidad y refleja una cosmovisión compleja ligada a la naturaleza y la supervivencia.

Junto al arte rupestre se desarrolló el arte mueble, formado por objetos decorados o esculpidos transportables. En yacimientos como El Parpalló se han hallado plaquetas grabadas con figuras animales y signos geométricos, así como las venus paleolíticas, pequeñas figuras femeninas relacionadas con la fertilidad y la continuidad del grupo. Este tipo de arte muestra la dimensión simbólica y espiritual de los objetos cotidianos y la capacidad de abstracción de estas sociedades.

Arte levantino y megalitismo

El arte levantino, propio del este peninsular, se desarrolló entre el Mesolítico y el Neolítico. Aparece en abrigos rocosos al aire libre en zonas como Valencia, Castellón, Teruel, Albacete y Jaén. A diferencia del arte paleolítico, representa escenas dinámicas de caza, danza, recolección y enfrentamientos, con figuras humanas estilizadas y en movimiento, lo que refleja una sociedad más compleja basada en la agricultura y la ganadería.

El megalitismo se desarrolló entre el Neolítico y la Edad del Bronce y se manifestó en construcciones de grandes piedras con funciones funerarias, rituales y astronómicas. En la Península Ibérica destacaron los dólmenes, como los de Menga, Viera y El Romeral, el Dolmen de Lácara o el Dolmen de Soto, utilizados como tumbas colectivas; los menhires, piedras verticales aisladas con posible función simbólica o territorial; y los crómlech, círculos de piedras como el de Almendres, relacionados con calendarios solares.

En las Islas Baleares se desarrolló un megalitismo propio, especialmente en Menorca y Mallorca. Destacan las navetas, como la Naveta des Tudons, con función funeraria; los talayots, grandes torres de piedra con posibles usos defensivos o ceremoniales; y las taulas, monumentos en forma de “T” exclusivos de Menorca y de carácter ritual. Estas construcciones reflejan una sociedad compleja y una fuerte identidad insular.

Bronce Final y legado indoeuropeo

Durante el Bronce Final, la llegada de pueblos indoeuropeos al noroeste peninsular introdujo nuevas prácticas funerarias, como la incineración y el uso de urnas, propias de la Cultura de los Campos de Urnas. Este cambio marcó el inicio de la Edad del Hierro y la aparición de pueblos como galaicos, astures, vetones y lusitanos, que mantuvieron elementos culturales indoeuropeos hasta la romanización.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *