Industrializacion y sociedad en la españa del siglo xix

TEMA 13 – TRANSFORMACIONES ECONÓMICAS Y CAMBIOS SOCIALES EN EL SIGLO XIX Y PRIMER TERCIO DEL SIGLO XX


TRANSFORMACIONES ECONÓMICAS. MODERNIZACIÓN DE LAS INFRAESTRUCTURAS: EL IMPACTO DEL FERROCARRIL.

El retraso de la industrialización en España respecto a los países más desarrollados de Europa se debió al escaso avance del sector agrario, en lo que influyó la reforma agraria liberal. Este proceso forma parte de la sustitución del Antiguo Régimen por la sociedad capitalista (primera mitad del siglo XIX). Esto consolidó la propiedad privada, transformando la tierra en una mercancía que podía ser vendida y comprada libremente.

La privatización de la tierra puso numerosas parcelas en manos de individuos interesados en obtener beneficios rápidos sin arriesgarse en grandes inversiones; eran personas con recursos que, en muchas ocasiones, no eran los cultivadores directos.

La producción agrícola y el producto comercializado aumentaron, pero las técnicas de los sistemas productivos continuaron atrasadas; la desamortización no condujo a la industrialización de España.

En este atraso influyó la estructura de la propiedad de la tierra. En la Submeseta norte y en Galicia, muchos campesinos se vieron obligados a emigrar.

Hasta bien entrado el siglo XX, el cereal, protegido por aranceles, fue el principal cultivo, mientras que otros productos tenían un precio muy elevado debido a su reducida producción. Sin embargo, cultivos como la vid en La Rioja y Cataluña, el olivo en Andalucía y los cítricos en Levante tuvieron una mayor expansión.

En el siglo XIX, las transformaciones del sector secundario fueron importantes, aunque estuvieron muy alejadas de las de los países que se industrializaron plenamente; a principios del siglo XX, la economía española seguía siendo principalmente agraria.

La industria moderna se inició con el sector algodonero en Cataluña. Esta industria creció tras la prohibición de la entrada en España de algodón hilado (1802), aunque su crecimiento se frenó por la Guerra de la Independencia, al término de la cual se reanudó la producción.

El ferrocarril (a mediados del siglo XIX) representó una revolución tanto por su gran velocidad como por la reducción del coste del transporte. Esta construcción dependía de la protección del Estado, que ofrecía subvenciones a las compañías, por lo que se favoreció la entrada de capitales extranjeros, especialmente franceses.

La Ley General de Ferrocarriles condicionó la economía de España del siglo XX.

El ferrocarril facilitó el intercambio de personas y mercancías entre las diversas regiones y contribuyó a la articulación de un mercado interior, aunque las mercancías transportadas fueron escasas. Esto impulsó la concesión de la explotación a compañías extranjeras, mediante la legislación minera de 1868.

La mayor parte del mineral extraído fue exportado.

Los principales yacimientos hulleros, situados en Asturias, impulsaron el desarrollo de la minería. La hulla y el trigo obtuvieron las mayores subvenciones.

En la minería del hierro, el convertidor Bessemer, que transformaba el hierro en acero, estimuló la demanda de mineral español. España se convirtió en el principal abastecedor de hierro de Europa.

Desde comienzos del siglo XX, los nuevos procedimientos para obtener acero redujeron la importancia de los yacimientos vascos. Sin embargo, se consolidó una importante industria siderúrgica en esta región, debido a la acumulación de capital, la transformación previa de la economía vasca, etc.

La siderurgia (principalmente en Vizcaya) estimuló el desarrollo de la industria moderna tomando el relevo al sector algodonero, pero la escasez de minas de carbón y el bajo poder calorífico de éste limitaron su desarrollo.

En la segunda mitad del XIX, los yacimientos de hulla en Asturias convirtieron a esta región en el centro siderúrgico del país.

La influencia de este eje comercial fue también apreciable en Cantabria, con la empresa Nueva Montaña S.A. En 1902, la fusión de Altos Hornos, La Vizcaya y La Iberia originó la Sociedad Anónima Altos Hornos de Vizcaya, la empresa siderúrgica española más importante durante gran parte del siglo XX.

La diversificación de la industrialización vasca dentro de su especialización condujo al desarrollo de una importante industria de bienes de equipo. La introducción de la electricidad y el petróleo en el último tercio del XIX, diversificó la industria y permitió su expansión a nuevas regiones.

A pesar del desarrollo de la industria textil y de la siderúrgica, hacia 1875 en España predominaban las actividades industriales tradicionales, especialmente las vinculadas a la alimentación y el vestido. Hacia 1880 se consolidó la siderurgia vasca y apareció el sector químico, con la Sociedad Anónima Cros (Barcelona). Junto a Cataluña y el País Vasco, la industria se difundió por Madrid y otras zonas, aunque había grandes desigualdades regionales en la renta.

Durante el siglo XIX aumentó el comercio exterior. Seguía predominando la exportación de productos agrarios, con escaso peso del sector industrial. Tras la pérdida de las colonias americanas en la década de 1820, el comercio con estos mercados se sustituyó por el realizado con Francia y Gran Bretaña.

En la política comercial se produjo un gran debate entre proteccionistas (partidarios de obstaculizar la competencia exterior para fomentar la producción interna) y librecambistas (defensores de la libre entrada de productos extranjeros para estimular la competitividad y la especialización de la industria española). La política arancelaria siguió las pautas de las naciones más influyentes de Europa; del librecambio se pasó al proteccionismo, lo cual obstaculizó la vinculación con el mercado internacional.

El atraso industrial español se debió, además de a la política arancelaria, a la inestabilidad institucional, el subdesarrollo agrario, la ausencia de reforma fiscal, etc.

En el sector industrial, las empresas acordaban los precios para repartirse el mercado mediante cuotas, con el fin de restringir la competencia. Por ello, los precios eran más elevados y las empresas tenían menores posibilidades de ser competitivas en el exterior; subieron las tarifas arancelarias y aumentó el intervencionismo.

13.2. CRECIMIENTO DEMOGRÁFICO. DE LA SOCIEDAD ESTAMENTAL A LA SOCIEDAD DE CLASES. GÉNESIS Y DESARROLLO DEL MOVIMIENTO OBRERO EN ESPAÑA.

La población española creció considerablemente en el siglo XIX, aunque menos que en otros países europeos. El aumento de la producción agraria permitió hacer frente al crecimiento del número de habitantes, aunque la tasa de mortalidad era todavía elevada. Se caracteriza por un fuerte descenso inicial de las tasas de mortalidad y, posteriormente, de las de natalidad, debido a las mejoras en las condiciones higiénicas, en la alimentación y en las infraestructuras urbanas.

El analfabetismo se redujo notablemente, aunque siguió siento más elevado que en los países europeos más desarrollados, lo que fue desfavorable para el desarrollo económico español.

La nobleza, élite terrateniente, se dividía en pequeña nobleza (hidalgos), que sufrió un deterioro económico y social, pasando a dedicarse a otras actividades, y en gran nobleza, que incrementó su poder económico y conservó la mayoría de sus tierras como propiedad privada. Sin embargo, a finales de siglo su patrimonio fue decreciendo y los comerciantes e industriales empezaron a superarlos en capacidad adquisitiva.

El poder y la influencia de los nobles provenían no sólo de la riqueza, sino también de sus privilegios como miembros de la “camarilla” de Isabel II o como parte del ejército. Aunque aceptaron el liberalismo y el pacto con los burgueses como una necesidad, mantuvieron su preeminencia social.

La revolución liberal conformó una burguesía vinculada a los negocios que, desde la época de Mendizábal, aumentó su fortuna. El proceso industrializador se limitó a unas zonas concretas y la burguesía industrial, básicamente catalana o vasca, buscó una política proteccionista por parte del Estado para su incipiente industria.

Las clases medias, cuya expansión fue unida al desarrollo urbano, fueron poco numerosas.

En la sociedad isabelina, la burguesía aportaba la innovación, las nuevas formas jurídicas y políticas, el derecho y la propiedad; la nobleza traía el pasado, el prestigio social y el reconocimiento público. Muchos de los nuevos ricos buscaron ennoblecerse.

La influencia de la Iglesia católica seguía siendo muy importante, aunque un sector del liberalismo luchó por la laicización de la vida pública. El papel de la mujer en la sociedad venía determinado por los valores burgueses, católicos y conservadores.

Las clases populares fueron el grupo social más desfavorecido en la revolución industrial (antiguos artesanos, campesinos pobres, jornaleros sin tierras, proletariado). El crecimiento urbano y la nueva estructura del Estado liberal concentraron en las ciudades a trabajadores de servicios, en el límite entre las clases medias y las populares. Los campesinos en conjunto siguieron sujetos a relaciones de tipo clientelar, sometidos a la gran influencia del rico y del cacique.

Se formó un amplio grupo de campesinos sin tierra, que permanecieron en el campo como jornaleros en condiciones de vida muy duras y con bajos salarios. Las mujeres y los niños también tuvieron que contratarse como jornaleros, por salarios aún más bajos.

Los orígenes de la clase obrera van ligados a la industrialización a lo largo del siglo XIX. El patrón, propietario de un establecimiento industrial, compraba la fuerza de trabajo de un obrero (hombre, mujer o niño) a cambio de un salario, en condiciones laborales extremadamente duras. Desde Andalucía, el socialismo llegó a Madrid (Fernando Garrido) y la Barcelona (Felipe Monlau).

Las ideas democráticas y, concretamente, el republicanismo federal, tuvieron gran influencia entre las clases medias y populares más politizadas. Importantes sectores obreros evolucionaron hacia ideologías internacionalistas (anarquismo y socialismo).

Tras la revolución de 1868, durante el Sexenio Democrático, las fuerzas obreras empezaron a actuar públicamente y a difundir su ideología. Llegaron a España las ideas socialistas y anarquistas y se formaron núcleos vinculados a la Primera Internacional.

La Primera Internacional empezó a ser conocida en España con Giuseppe Fanelli, enviado por Bakunin. En 1870 se fundó la Federación Regional Española (FRE) en el Congreso de Barcelona y se aprobó la huelga como medio de actuación y la necesidad de preparar al obrero para la revolución social. El internacionalismo tuvo su momento álgido durante la Primera República.

Los primeros sindicatos nacieron en Cataluña, con la Sociedad de Tejedores. Eran federaciones que agrupaban a los trabajadores por oficios y funcionaban como Sociedades de Protección Mutua. El sindicalismo se desarrolló en la década de los cuarenta, a pesar de la oposición de empresarios y autoridades gubernativas.

Durante el Bienio Progresista (1854-1856), proliferaron las agitaciones sociales y el obrerismo, que se expandió hacia otras zonas de España.

Con la Restauración, las organizaciones obreras fueron reprimidas y se vieron forzadas a la clandestinidad, pero con el ascenso al poder de los liberales (1881), salieron de nuevo a la legalidad y se expandieron.

En 1881, la FRE, de tendencia bakuninista, cambió su nombre por el de Federación de Trabajadores de la Región Española. Una parte de los anarquistas optó por la acción directa y organizó grupos autónomos revolucionarios para atentar contra los pilares del capitalismo: el Estado, la burguesía y la Iglesia.

La Nueva Federación Madrileña, de carácter marxista, se transformó en 1870 en la Agrupación Socialista Madrileña, fundada por Pablo Iglesias, núcleo originario del PSOE. El PSOE se definía como un partido marxista, de orientación obrerista y partidario de la revolución social.

A finales del siglo XIX, algunos sectores liberales consideraron conveniente racionalizar la moderna sociedad industrial, para lo cual se empezó a desarrollar un incipiente reformismo social, mediante la Comisión de Reformas Sociales.

13.3. LA EDUCACIÓN Y LA PRENSA

Durante el siglo XIX, la Iglesia católica experimentó profundos cambios en su relación con el Estado y con la sociedad, ya que se produjo una secularización, se inició la separación entre la Iglesia y el Estado. Comenzó con las Cortes de Cádiz (1812), donde se abolió la Inquisición, aunque el Estado español siguió siendo confesional.

Las deterioradas relaciones entre la Iglesia y el Estado liberal mejoraron con el Concordato de 1851, en el que se fijó una dotación para culto y clero, y se mantuvieron los principios católicos en la enseñanza pública y privada. El Estado burgués fue legitimado por la jerarquía católica.

La Iglesia siguió dedicándose a la educación en todos sus niveles y a la labor asistencial. A finales de siglo, empezó a preocuparse más por los problemas sociales generados por el capitalismo, lo que se plasmó en la encíclica Rerum Novarum de León XII.

El mundo de la cultura y el arte no permaneció ajeno a los enfrentamientos político-sociales de la época, aunque, en general, se dio una falta de originalidad y un retraso respecto a las corrientes ideológicas y culturales de otros países europeos. Joaquín Costa intentó superar la dualidad ideológica potenciada por el turnismo, mediante el regeneracionismo, que planteaba la necesidad de “salvar” el país.

El socialismo se introdujo en España a través de los exiliados que regresaron de París y Londres tras la muerte de Fernando VII, como Joaquín Abreu y Fernando Garrido.

En literatura, las corrientes principales fueron el Romanticismo y el Realismo. Existe un posromanticismo, con elementos más realistas, representado por Gustavo Adolfo Bécquer y Rosalía de Castro.

El Naturalismo aparece en las obras de Emilia Pardo Bazán (Los Pazos de Ulloa), Leopoldo Alas “Clarín” (La Regenta) y Vicente Blasco Ibáñez (Arroz y tartana). Los autores principales fueron Rosalía de Castro, Eduardo Pondal y Manuel Curros Enríquez. Los autores principales fueron Juan Bautista Elissanburu y Marcelino Soroa.

Aunque inicialmente la ciencia tuvo un escaso desarrollo en España, hacia el último tercio del siglo XIX se intentó un acercamiento a las corrientes y los conocimientos científicos de otros países, con figuras tan relevantes como Marcelino Menéndez Pelayo, Santiago Ramón y Cajal, cuyos estudios contribuyeron al progreso de la neurología y la psiquiatría, y Jaume Ferran i Clua, que descubrió la vacuna anticolérica.

En la investigación técnica, los inventos de Narcís Monturiol y de Isaac Peral fueron los precursores del submarino moderno.

Durante el siglo XIX la cultura empezó a llegar a una mayor parte de la población, a pesar de los altos índices de analfabetismo, gracias a la institucionalización de la educación y la difusión de la prensa.

Respecto al arte, en el siglo XIX pervivieron diversas corrientes. Entre sus obras están Los fusilamientos del 3 de mayo y La carga de los mamelucos.

Al inicio del siglo, existía una tendencia oficial, centrada en el Neoclasicismo academicista, que buscaba un retorno a la Antigüedad y rechazaba las formas barrocas. En escultura dominó el neoclasicismo durante la primera mitad de siglo, aunque después se introdujeron temas románticos.

En el último tercio del siglo XIX, se fue imponiendo el Realismo, con Antonio Gisbert, Eduardo Rosales o Marià Fortuny (costumbrista). Destacan autores como Mariano Benlliure.

Al iniciarse el siglo XIX, el porcentaje de analfabetismo en España era uno de los mayores de Europa y la enseñanza no se consideraba competencia del Estado. Los ayuntamientos y las parroquias ofrecían una instrucción básica insuficiente; sólo las clases altas, especialmente los varones, podían acceder a una educación privada.

Los primeros intentos de reglamentación educativa nacieron en las Cortes de Cádiz (1812). El absolutismo de Fernando VII frenó estas iniciativas.

Durante el sexenio democrático, algunos pedagogos e intelectuales propusieron reformas para intentar mejorar y extender la educación a toda la sociedad. Aunque la Restauración supuso un freno para estas propuestas, empezaron a surgir con fuerza corrientes que pretendían una renovación pedagógica.

Los intentos de los sectores liberales progresistas por desvincular la instrucción del poder eclesiástico fracasaron. En la Segunda República (1931) se produjo la separación entre Estado e Iglesia, pero esta ruptura se anuló durante el franquismo.

Algunas de las propuestas pedagógicas no oficiales fueron las realizadas por el sacerdote ilustrado Alberto Lista.

Otro intento renovador, más radical y de menor alcance, fue el iniciado por el pedagogo anarquista Francisco Ferrer y Guardia, que creó la

Escuela Nueva, influida por las corrientes pedagógicas europeas.


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